Jumping around
1.-
Venga, vale, bueno…
Sales de tu piso de Harlem, con tu mochilita, con tu maletita, llenos de deseos y buenas esperanzas… es decir, esperanza de que no se acabe el chollo y deseos de no terminar en una cuneta Dios sabe donde (y como). Llueve como no ha llovido en todo el año, y (para variar) vas demasiado tarde como para coger el metro hasta el aeropuerto… Así que esperas un taxi, con tu mochilita y tu maletita de los cojones.
Los taxistas te miran y se ríen. Llueve. Que llueva significa más gente que coge el taxi en vez de caminar. Es decir, más gente en el centro, moviéndose por el centro. Vamos, que al aeropuerto te va a llevar su puta madre, que para un día que la gente anda desesperada por engrosar rápidamente las carteras de taxistas afortunados... 15 minutos después, ya calado, decides parar a uno de esos taxis negros medio-ilegales, advirtiéndole que no llevas metálico. Da igual coleguita, paramos en un cajero.
Así que de camino al aeropuerto, pilláis un atasco de esos monumentales. De esos que hacen historia. De hecho, un atasco de tal magnitud que terminó saliendo en los titulares de todos los grandes periódicos, no solo americanos, si no a nivel internacional. Si no lo visteis, es que no estáis suficientemente bien informados, cabroncetes. Leed más, la prensa es importante… de hecho, te leíste la mitad de la novela que tenías guardada para el avión, pero al final no resististe… Casi dos horas después (literal) te despierta un oye, que llegamos, creo, en 20 minutos. ¿A que terminal vas? Miras el reloj, todavía con legañas en los ojos, ante la mirada del amigo taxista que parece estar todavía más aburrido que tu. Para variar, llegas tardísimo al aeropuerto.
Pero, para variar, no pierdes el avión.
2.-
Llegas a Barcelona con una sensación extraña.
Pasas los días en Barcelona con una sensación todavía más extraña…
Y finalmente, te marchas de Barcelona, sin estar completamente seguro si esa sensación viene a ser tristeza, melancolía o…
Un amiguito te lleva al aeropuerto a las 7 de la mañana, así que, teniendo el vuelo a las 11:30, te acabas otra de esas novelas que en teoría estaban reservadas para el avión.
3.-
Estambul. Te quedará en el recuerdo así como un horizonte lleno, repleto de cúpulas. Eso es lo que Estambul ha sido a tus ojos. Mezquitas aquí, allí y sobretodo allá a lo lejos, configurando una silueta un tanto surrealista, repleta esencialmente de “bultos”.
Lo que más te sorprende es ese tipo de arquitectura tan particular en una mezquita, así que preguntas. Te cuentan que, en realidad, todas las mezquitas fueron construidas tras ser Estambul colonizado (por enésima vez). Resulta que, al llegar el Islam allí, la gente quedó impresionada por la iglesia de Santa Sofía. Así que se dedicaron a replicar y exagerar su estructura. Y es por eso que aparecieron mezquitas tan curiosas, con múltiples y enormes bóvedas; mezquitas que están por todos lados, algunas tan solo a un par de calles de las otras, como setas surgiendo tras una buena semana de lluvia, siempre creciendo juntas, aleatoriamente y completamente faltas de sentido.
Te pasas ratos paseando a la orilla del Bósforo con tus padres, quienes se acaban de mudar para vivir a la ciudad. El Bósforo, no sabes si llamarlo río o mar o que carallo será. Una lengua de agua de unos cuantos kilómetros que une el Mar Marmara con el Mar Negro, así que agua salada y corrientes tremendas. O bien; una lengua de agua que separa Europa de Asia, aunque Estambul como ciudad esté a ambas orillas, también dividido entre continentes… O bien...
Y al final, ante la perspectiva de veinti-tantísimas horas de vuelo, te acercan al aeropuerto donde saltarás, una vez más, hacia Melbourne.
Pasarás las siguientes 30-40 horas durmiendo, entre aeropuertos, aviones, trasbordos y hostales…
Pero eso ya es otra historia…
Road Trip
Miras atrás y recuerdas. Flashes bizarros, mezclados y sin sentido. Una sonrisa medio melancólica en el rostro…
Y días atrás: Un avión.
Aterrizas en Los Ángeles, te esperan con una furgoneta o pick up, una mierda maravillosa de cacharro.
¿De donde la habéis sacado?
Nada, lo hemos alquilado en “Rent a Wreck”
Haces memoria. Wreck significa, literalmente, “siniestrado”, o en otras palabras, “chatarra”.
Todo cuadra. “No salgáis de Los Angeles, no hagáis más de 100 millas” es una de las pocas condiciones de la compañía. Ni nosotros sabíamos que haríamos como 5.000 km.
Salimos directos del aeropuerto de Los Ángeles, sin parar, dirección a Las Vegas.
Montañas en el horizonte, tremendos desiertos inmensos… durante infinitas horas al volante.
California, Arizona, Nevada.
Dos millones de horas después, doscientas gilipolleces más tarde, y unas cuantas cervezas detrás llegamos a Las Vegas.
Luces, colores, casinos y prostitutas.
Y una mujer de 55 años (y de silicona) que quiere sexo con nosotros. Gratis. Con los tres al mismo tiempo. Dos horas más tarde, ante nuestra falta de interés, intenta violarnos.
Sin más remedio, la dejamos abandonada en un club de striptease. Corremos por las calles, huyendo.
Máximo de cuatro horas de sueño de media, los días pasan, la realidad se difumina y todo va perdiendo lentamente el sentido, pero se vuelve mucho más divertido.
Piscinas en hoteles, tomando cervezas y mirando a asquerosas mujeres de plástico y hombres de mentira. Más casinos, más luces, más ludópata y enfermos en general, y una extraña sensación de tristeza que sigue creciendo desde el mismo momento en que pisaste la ciudad. La decadencia del hombre reflejada perfectamente en unos pocos kilómetros cuadrados.
Decidís coger el coche completamente privados de sueño y huir de esa mierda de infierno de ciudad. Y también decidís que, que coño, a Los Ángeles se va su puta madre.
Zorrollentas horas después, y tras perderos por más (bellísimos) desiertos, se abre justo delante vuestro. De repente, tus piernas fallan, un cosquilleo y una sensación aberrante te invade, no tanto en las piernas si no en el estómago y en el alma. Visceral. Tras hora y media contemplándolo, paseando arriba y abajo, no consigues que se vaya. Por algún motivo el Gran Cañón es una de las siete (¿Son siete?) maravillas. Y tras ese rato, si, ahora si, tenéis que regresar a los Ángeles. Y de reojo, apartándote de allí, no puedes dejar de pensar que es un decorado, que no es real, que, simplemente, “es demasiado”.
Imágenes y recuerdos fugaces.
120 km por hora en una carretera en medio del desierto, a las 2 de la mañana, camino de Los Ángeles. Una explosión. Ruidos sospechosos pero, sobretodo, alarmantes. Miras al que conduce, esta completamente pálido, congelado.
¡¡PERO PARA EL COCHE!!!!
Enfermizamente tranquilo y sereno: No puedo… no tenemos dirección…
Circuláis a 120km por hora, en medio de la puta nada, en una pick up sin dirección. La misma inercia, o la sagrada mano de Dios, hacen que el coche siga en línea recta. Aparcáis unos metros más allá, en la cuneta.
Abres el capó. El radiador, es decir, el ventilador del radiador, se ha roto. No, el EJE del ventilador se ha roto en marcha. El ventilador ha salido volando dentro del capó, cortando todo lo que encontraba, mientras el coche seguía a 120km hora. O dicho de otro modo, estáis a 150km de Los Ángeles y a tomar pol culo de cualquier punto civilizado.
El conductor se vuelve loco. “no salgáis de los Ángeles, no mas de 100 millas”
Se pone a correr por la carretera en busca de alguien, o algo.
¿quieres un cigarro?
Tu y el otro, fumando, vislumbráis algo en medio del desierto. La luz de la luna ayuda. Y entonces te cagas en la madre que te parió. Un campamento de caravanas medio abandonado. Y puedes imaginar a los seres estilo “matanza de tejas” que han sido engendrados allí tras años de cruces endogámicos clásicos de la Arizona profunda, solo esperando a que vayáis allí a “pedir ayuda”.
Del medio del desierto surgen cuatro focos.
Un coche de policía se queda mirando a este par de chavales jóvenes, con pinta de mejicanos, con una pick up con mochilas y pintas sospechosa. Los dos salen con linternas como focos, quemándoos las caras, y aguantando ambos sus pistolas en la cintura, “por si acaso”.
Les cuentas que pasó. Te miran sospechoso. Les enseñas lo que hay dentro del capó… y se ríen de ti en tu cara. No, señor agente, el coche no es nuestro, es alquilado en rent-a-wreck… Y aquí, el señor agente se descojona en vuestros jetos.
De la nada surge el que se marchó corriendo. Manos en la cintura, empuñando pistolas, ambos focos caen sobre el amigo… y el amigo, con los brazos en alto y el ojete bien apretado. Señor agente, este era el conductor… y parece que la cosa se relaja.
Un tanto después, un camión monstruosamente grande llega a recoger vuestra camioneta (de mierda) y os lleva al pueblo más cercano (20km). Son las cuatro de la mañana. Dormís en un motel.
Llamáis a la compañía a las 8 de la mañana… Si, si, tendremos un coche allí para vosotros en 2 o 3 horas… Como era de esperar, llegaron a las 7 de la tarde.
En el pueblo hay un starbucks. Y un Wendys. Y un Kentucky fried chiken. Y una gasolinera. Y un McDonals, y una base militar, y dos moteles… Y nada más.
Literal.
Pasáis 9 horas en el Starbucks mirando la carretera. Una convención de Harleys se celebraba a 2 pueblos. Teniendo en cuneta que estábais en la Ruta 66, técnicamente hablando, pues la cosa iba en serio. Bonito espectáculo.
Se os sienta un motero al lado. Ex convicto (en cárcel 3 veces), ex drogadicto (orgullosamente limpio por 2 años, ahora llevaba un grupo de drogatas anónimos en el pueblo), de oficio: pintar tanques del ejército. Pintoresco personaje, no lo creerías de no tenerlo al lado.
Consejos:
- Si habéis cruzado a la otra acera, y ahora estáis en esta, habéis visto todo, y quizás demasiado, de lo que es este pueblo de mierda (vivía allí, el tipo)
- Olvidaos de gordas o flacas o mierdas así. En este pueblo, una mujer esta buena si todavía conserva todos los dientes auténticos
- Si, ¿venís de las Vegas? Curioso sitio, curré allí un tiempo hasta que me echaron (…) NO VAYAIS A TIJUANA POR NADA DEL MUNDO (y sus ojos, de tipo que ha visto lo que nunca te atreverías a soñar, lo decían jodidamente en serio)
Etc…
A las putas siete pasadas de la tarde, tras unos cuantos brotes psicoticos, hijos de la insolación y el aburrimiento, nuestro coche llega.
Una limusina formato pequeño, “cortesía” de la empresa por las molestias. Blanca, con techo de ropa, con cristales ahumados. Completamente surrealista.
Seguimos nuestro Road Trip cruzando el desierto en limusina. La misma limusina por la que nos pasearíamos por Los Ángeles, con la que iríamos a Santa Mónica, donde termina la Ruta 66 para unirse con el mar.
Todo ello, en menos de cinco días.
Primer Road Trip de USA cumplido.
Un punto que se puede tachar de la lista.
movie “Network” 1976
I don't have to tell you things are bad. Everybody knows things are bad. It's a depression.
Everybody's out of work or scared of losing their job. The dollar buys a nickel's work, banks are going bust, shopkeepers keep a gun under the counter. Punks are running wild in the street and there's nobody anywhere who seems to know what to do, and there's no end to it.
We know the air is unfit to breathe and our food is unfit to eat, and we sit watching our TV's while some local newscaster tells us that today we had fifteen homicides and sixty-three violent crimes, as if that's the way it's supposed to be. We know things are bad - worse than bad. They're crazy. It's like everything everywhere is going crazy, so we don't go out anymore. We sit in the house, and slowly the world we are living in is getting smaller, and all we say is, 'Please, at least leave us alone in our living rooms. Let me have my toaster and my TV and my steel-belted radials and I won't say anything. Just leave us alone.'
Well, I'm not gonna leave you alone. I want you to get mad!
I don't want you to protest. I don't want you to riot - I don't want you to write to your congressman because I wouldn't know what to tell you to write. I don't know what to do about the depression and the inflation and the Russians and the crime in the street. All I know is that first you've got to get mad.
Howard Beale
Apartment with curry
Principios-medianos de abril. Vale, después de meses intentando alquilar la habitación, te diste cuenta de que los gastos aumentaban exponencialmente mientras que los ingresos seguían iguales: insuficientes.
Como buen parásito superviviente, decidiste poner la habitación en alquiler “por días”. Es más, decidiste sobre-explotar esa maravillosa página que es craigslist, la versión yanki de loquo.
Y al relativamente poco, la primera victima cayó. 150$ por 3 noches. Curiosamente, durante los mismos días que tenías a un amigo de un amigo también acogido en casa.
El tipo del anuncio te dijo que venia unos días a visitar a familia y amigos. Al llegar, le preguntas y resulta ser la primera vez en NY. Mierda de familia y de amigos, piensas, si te hacen quedarte en casa de un completo desconocido en medio de Harlem… Pero bueno, cada cual a lo suyo, ¿no?
Así que viernes, a las 10 de la noche, le llamas
Oye, ¿ pero tu no llegabas hoy? No me jodas…
Es que se me ha retrasado el bus… y luego tenía que asistir a una cena importante, y…
Vale, colega, pero esto se avisa y así no pierdo todo el día
A las 11 te llama
Que ya estoy en la estación 116, pero ¿Cómo se llega a la casa?
Le das instrucciones otra vez. Total, está en la esquina opuesta de la misma manzana. Ni eso, de hecho.
11:30h
¿Dónde decías que estabas la casa?
Mira, regresa a la estación y vengo a recogerte
Resulta que el tipo se puso a andar y se perdió. Le recoges y le llevas a tu casa.
Un tipo indio pequeñito de unos 30-35 años, vestidito con su camisita y sus cosas, arrastrando su maleta a casi las 12 de la noche por Harlem con pinta de pardillo-perdido. Si no fuera porque te lo vas a meter en casa, al igual le hubieras robado tu mismo.
Llegáis, le enseñas la habitación y un poco la casa. Te das cuenta de que no te sigue, así que ni casa ni nada. Se queda en la habitación.
¿Necesitas algo?
No, no, gracias, esta todo perfecto… y disculpa otra vez
Parece que coge el teléfono para llamar. Cierras la puerta.
Te vas a tu cuarto y empiezas a llamar a gente. Al fin y al cabo, igual ya es algo tarde para cogerte el metro y cascarte dos horitas hasta Brooklyn, ¿no?
Y es entre llamada y llamada que oyes al indio de fondo, encerrado en su habitación, que sigue todavía al teléfono. El tipo había empezado la llamada como horas antes. Suena muy raro, pero intuyes que será porque estará hablando hindú o algo…
Te metes a escribir un buen rato en el ordenador. Al cabo de otro buen rato, vas a por otra cerveza. Cerveza que está al lado de la nevera, nevera que está en el espacio abierto que es tu cocina, cocina que esta al lado de la puerta del indio. Así que resulta inevitable escucharle hablar.
Y si, está hablando hindú (o dios sabe que), pero lo que sonaba raro es que el tipo estaba llorando… y debe llevar dos horas llorando al teléfono, por lo menos.
No puedes hacer más que pensar en ti mismo, y en como coño llegas a meterte en ciertas situaciones.
………………………
Domingo por la noche, Abhishek, nuestro héroe indio, te llama.
¿Podrías pasar por casa? Tengo algo para ti, y quiero hablar contigo….
Teniendo en cuenta que en 2 días y medio no habéis cruzado una palabra, ni os habéis visto (viviendo en el mismo piso), ni nada… Y las pintas del tipo en si mismo… Intuyes que en realidad se trata de un cirujano indio psicokiller que quiere desguazarte y vender tus órganos en el mercado negro oriental.
Si, hombre, tranquilo… ¿A que hora quieres quedar?
Llegas a casa. En breve llega el tipo. Empieza a empaquetar.
Si, mira, lo siento. Pero es que resulta que tengo este tío en Queens… Que cosas, no sabía que tenía familia en Queens! Pero es que este tío, en Queens… y esta noche dormire allí…
Ah, vale, pos de puta madre, ¿no? Me parece maravilloso y fantástico
Entonces el amigo Abhishek te mira con cara de perdonavidas y te suelta un
Pero bueno, para que veas que soy una persona justa y de palabra, te voy a pagar esta noche, también… Se que no debería, pero bueno, aquí tienes tus 50$
Le miras de arriba abajo. Hace cara de “no me los vas a aceptar, ¿Verdad?”.
Le sonríes muy, MUY dulcemente.
Bueno, para que veas que yo también soy una persona razonable… Teniendo en cuenta de que acordamos 3 noches, de que no me has avisado con ningún tipo de antelación para que pudiera alquilar la habitación ni nada a otra persona y no perder el dinero, de que en realidad son ya las 9 de la noche… te cobrare solo 40$ y te puedes quedar con los 10 restantes.
Le extiendes el billete. Diez dólares que no te suponen ninguna diferencia real, ni se la suponen a el. 10$ es un valor lo suficientemente bajo como para no echarlos tanto en falta, suficientemente bajo como para resultar un buen insulto sutil, un escupitajo de reojo.
Abhisek baja la cabeza y se guarda sus 10$. Sonríes.
Ha sido un placer tenerte en casa, Abhisek
Oye… Una última cosa… Si regreso alguna vez a NY… ¿Puedo volver a contactarte?
Antipode Dreaming
Algunas noches, algunos días…
Algunas veces te descubres a ti mismo ensoñandote, pensado en desiertos inmensos, infinitos.
Piensas en una tierra roja y un cielo azules como no existen en ningún otro rincón del planeta, donde Dios se cansó de pintar y lanzó la paleta entera de colores genuinos.
Piensas en Canguros. Piensas en Koalas. Luego piensas en Canguros fornicando con Koalas, quizás creando una nueva raza de Kangalas, o Coaguros, o alguna mierda por el estilo. Piensas en como se organizarían luego en hordas de mutantes bizarros para arrasar con el mundo.
Piensas en bosques de eucaliptos, eternos, bosques de planta única, bosques que huelen como el armario ropero de demasiadas abuelas.
Sueñas con ver como los retretes giran al revés… Y te preguntas si te darías cuenta o simplemente tirar de la cadena viene a ser lo mismo en todo el globo terráqueo.
Intentas imaginar como debe ser un país donde la población original es una mezcla de aborígenes y descendientes de delincuentes.
Sueñas con un continente entero donde apenas habita, en si mismo, la mitad de la población total de toda España.
Y te despiertas de tu ensoñación y sigues la cuenta atrás, cruzas los dedos para que todo salga bien, para que nada lo mande todo a tomar pol culo, y para decidir si vas a hablar de Invierno o de Verano.
Pillow Fight NYC 2010
Cada cual más tarado.
A veces te hace falta un momento, un acontecimiento social que no tenga ningún sentido para recargar las pilas. Sábado 3 de Abril, 2:45 del mediodia, te reúnes en Union Square con tres amigos que tienes de visita en casa. Una parejita que estaba haciendo turismo y otro que iba por libre. El que iba por libre traía una amiga. Luego aparece uno de los compañeros de batallas Neoyorkino. Sois un buen grupo, pero nada comparado con unos cuantos miles de personas que ya están allí. ¿Tu idea inicial? Hechas algunas buenas fotos. Finalmente, el compi ha traído un cojín de sobras. ¡A tomar pol culo y que empiece la guerra!
Te faltan palabras para describir lo surreal, lo buenrollista, lo descargante de energía, lo… miles de personas en una pelea masiva de cojines, el cielo escondiéndose tras una nube de plumas al aire, gritos, risas, disfraces y un montón, algo desproporcionado, de colgados. Y la sensación de haber vivido algo, no solo divertido, si no de algún modo bonito.
Spring at Harlem
Regresas a Nueva York después de una escasa semanita en casa. Cuando ibas a Barcelona, todo el mundo enloquecía. Tu! Que hay como un metro de nieve, aquí!
Que alegría, que alboroto y que ganas de cagarte en su puta madre, en general. Nueva York, 3 meses de nieve, empieza el buen tiempo y te vas a Barcelona. Resulta que no caía una así desde el 62, que si, que esta va a ser recordada, que vale.
Pero bueno, por lo menos, los días que estuviste dando tumbos porai, hizo mejor tiempo. En general, incluso se podía ir sin chaqueta y demás.
Luego, ayer en el avión el piloto anunciaba Señoras y señores, vamos a aterrizar en el aeropuerto y bla bla bla, la temperatura exterior es de 20 grados centígrados. Y tú piensas para ti mismo, vale, el amigo se ha equivocado. En Barcelona hacía más frío, y esto, bien, cuando te fuiste de NY todavía había placas de nieve y hielo en todos lados. Y joder, que ha sido solo una semana, ¿no?
Pues no.
Luego sales del avión, hace calor, te quedas en camiseta; recoges tu mochila y empiezas a vaciarla para llenar tus bolsillos. Tabaco, llaves, y… Mierda! Pero mierda de las gordas, de las serias, no nos confundiéramos! La cremallera abierta, las llaves a punto de caerse, y no hay móvil. Te gustaría pensar que te la han abierto y te han robado. Pero todo el resto sigue allí, incluso el cartón de tabaco. Te gustaría pensar que te lo han robado, pero en tu fuero interno sabes, al menos intuyes, que la cremallera lleva abierta desde Barcelona. Eres tan jodidamente consciente de tu garrulismo que te das cuenta de que tu móvil, probablemente, se perdió en algún punto del trayecto. Ojalá te lo hubieran robado, imbécil… Te has quedado sin móvil.
Vale, te levantas hoy ya con la idea de ir a cancelar la tarjeta y comprarte móvil nuevo. Has perdido todos los contactos y demás.
Y es al levantarte cuando ves que el sol intenta carbonizar cruelmente todo aquello que se mueve en la calle. Joder, está prácticamente escupiéndote en la cara. Vale, vale, admitámoslo, igual te has pasado, igual no es para tanto. En cualquier caso, queda bien claro. El invierno ha terminado.
Te tomas tu café matutino, tu cigarro, una cagadita rápida y listos. Te pones tus zapatillas, tu camiseta, y que coño, tus pantalones cortos. Sales a la calle.
Harlem se revela ante ti con todo su esplendor. Y, puedes sentirlo, solo está calentando motores. Domingo por la mañana, las calles están llenas de vida, de gentes, de cosas, haciendo honor a ese espíritu mezclado, hijo de Hispanos y Afro-Americanos – los segundos, más prevalentes en tu parte del barrio. Viejos en las esquinas, mesillas en las aceras donde se juega a domino, a cartas o a Dios sabe que. Todas las escaleras de todos los portales llenas de gente joven charlando. Mendigos y alcohólicos deambulando entre esos primerizos rayos de sol que anuncian la primavera. Olor a marihuana de vez en cuando. Tulipanes y demás flores multicolores explotando en los terraplenes llenos de mierda de perro, donde los árboles aprovechan esta luz y este sol renovados para resurgir tras el frío. Aquí y allá coches de policía, con personajes uniformados que resemblan los antidisturbios españoles. Aquí y allá alguna ambulancia. Aquí y allá, ventanas abiertas de gentes que comparten su música y su universo personal con el peatón, pensando que los gustos universales y los propios fluyen en hermosa armonía. Todo esto concentrado, condensado en la fría, nevada y prácticamente muerta calle que abandonaste tan solo una semana atrás. Mientras tanto, tú intentas contener una erección mental mientras piensas Joder, como mola, ¿no?
Paseando, sin ningún tipo de prisa, te acercas a una tienda de T-Mobile, la compañía (de mierda) con la que tenias contratado el servicio. La tienda está, aproximadamente, a tomar pol culo. Y te alegras de que así sea. Paseas.
Entras en la tienda. Está en la parte Este de Harlem, donde la influencia pija de Columbia ya ha dejado de notarse. Los dependientes son todos jóvenes y negros. Hablan como negros, gritan como negros, se insultan y tienen el argot de negro de Harlem. Esperas. Pasan de ti. Al cabo de un rato, siguen pasando de ti.
Finalmente, uno de ellos te mira y suelta un ¿que quieres?
- Bueno, si, holaquetal… Mire, es que ayer me robaron el móvil, y quisiera cancelar mi número.
Le pasas el papel con tu contrato y demás. Preguntas si se puede hacer y asiente. Preguntas si eso hará que el mamonazo que te robó el móvil no pueda usarlo y que te carguen a ti los gastos. Asiente.
- Oiga, perdone… ¿De hecho, sería posible conseguir una copia de la tarjeta, con el mismo número y tal?
Asiente. Pide a los otros dependientes negros que gritan como negros y hablan como negros si alguno tiene una SIM virgen porai. Pasan de él. Insiste. Al final aparece una. El tipo hace un par de cosas con ella y finalmente te la da con tu número.
- Toma chaval.
- Gracias… De hecho, no tengo ni móvil. ¿Cual es el más sencillo y barato que tenéis?
- Ese.
- ¿Por cuanto sale?
- 75 Pavos
- Ostias… ¿Y No tenéis nada más barato?
- No… ¿Pero la verdad? Te aconsejo que no lo compres. Vete a una tienda de estas de aquí al lado, que no son de una compañía concreta pero están autorizadas. Allí tienen modelos más antiguos y te costaran nada.
Vaya, teniendo en cuenta que esta gente cobra a comisión, esta no te la esperabas.
- Vaya, muchisimas gracias. ¿Cuanto es por la tarjeta?
Te mira unos segundos y sonríe.
- Que te roben el móvil es una putada…
- Si, la verdad que si…
- Una putada
Esperas.
- Pero ¿Cuanto es?
Sigue sonriendo.
- Mira, normalmente son 20 pavos… Pero, bueno, Si, que te roben el móvil es una putada.
Le devuelves la sonrisa. Te levantas, le das las gracias dos o tres veces, y te alejas. El tipo ya hace rato que pasa de ti. El mismo tipo que te acaba de regalar la tarjeta. Y mientras te alejas, oyes como los negros vuelven a hablar como negros, gritar como negros, insultarse como negros. Piensas en como, si hubieras ido a tu parte del barrio, esa parte segura de blanquitos guapos, ricos y pijos, a Broadway o donde fuera,muy educadamente te hubieran cobrado 40 en vez de 20. Y, ni lo dudes, te los hubieran cobrado.
Encuentras una tiendecita donde te venden un nokia nuevo por 15 dólares.
Regresas paseando con tu antiguo número de teléfono en un nuevo móvil, mirando como el sol insulta al invierno. Piensas en cuan peligroso es Harlem, en como los negros son ladrones crakeros asesinos… y te ríes.
Joder, que bien sienta el buen tiempo y como te gusta tu barrio.
Escenas (reales) enfermas; nº 1
Estas esperando el metro; como se habrá podido apreciar, universo recurrente. Sentado en el andén prácticamente vacío, con tu libro, viendo pasar el tiempo. Serán algo así como las 10 de la noche.
Al poco rato, unos gritos te hacen girarte. Son dos sin techo, un hombre y una mujer. A la mujer ya la tienes vista, tiene relativa mala leche, siempre esta en los vagones, pidiendo, y no le gustan las negativas. En cualquier caso, por norma, los sin techo de Nueva York se caracterizan por su inofensividad. La mujer tiene la cara cortada por 3 líneas bien delimitadas, claras marcas de surcos navajeros. El tipo lleva unas greñas y una barba de más de medio metro, y arrastra un cubo de basura cuadrado, de esos de restaurante, enorme. Su maleta personal. Gritan entre ellos mientras se acercan donde estás tu. No es una pelea, es más ese tipo de conversación de hechospolvo, de pseudoesquizofrenicos, de hijos del crack...
Al pasar por tu lado, el tipo te mira, y acompañado de una sonrisa, te suelta un sincero
Lo siento, disculpa.
Te quedas un tanto sorprendido. ¿Disculpa porqué? No te queda muy claro si era por los gritos, por pasar con el cubo demasiado cerca de tus pies, o lo que fuere. No tienes tiempo de decir.
Tranquilo, no pasa nada.
Sigues leyendo.
Al rato, llega el metro. Te subes en él, al igual que la pareja de mendigos, que se monta en el mismo vagón que tú. Catastróficas casualidades, en el vagón hay un grupo de 8 o 9 chavales de unos 18 años, con ganas de hacer el mamón.
Tal como entran los mendigos, 3 de los chavales se ponen a charlar con el tipo. La tipa, poco después, se aparta, y en un par de paradas ya se ha bajado del metro. Y digo charlar por decir algo. Es una de esas escenas horribles pero cada vez más recurrentes; digamos que los chavales han cogido al mendigo como su bufón personal para distraer el trayecto de metro, para hacerse los “guays” delante del resto de chavales, de las chicas.
El mendigo aguanta la compostura como puede. Digamos que, poco sutilmente se están riendo de él en su cara. Y el tipo, como puede, les sigue la broma. De entre ellos, uno es un chaval un tanto más joven, pero con sus buenos 16-18 años. Un tipo gordo, cabeza prácticamente rapada, con un anorac de pluma azul fluorescente y enormes gafas de sol. El tono de las bromas va creciendo, se va ensuciando y oscureciendo. El mendigo empieza a intentar alejarse, hasta que el niño-gordo le ofrece dinero, algunas monedas. Monedas que finalmente acaba tirando por el suelo, gritándole un recógelas del suelo pedazo de mierda.
Esto quizás después de 20 minutos de trayecto. Imagino que el mendigo tuvo suficiente, cada cual tiene su límite.
Llegados a este punto, el mendigo empieza a gritarles. Simplemente gritos de rabia, de impotencia… sobretodo de rabia contenida. El niño-gordo se crece, es el centro de atención, así que intenta gritarle más, más fuerte y mejor. Otro de los chavales acompaña al niño-gordo. Un tercero, viendo la situación y un tanto cansado, grita al mendigo que se vaya, que se aleje… Valiente imbécil, más fácil sería pegar un par de ostias a sus amigos.
En cualquier caso, el mendigo se queda mirando al tipo que le dice que se marche. Tranquilamente se calla, coge su cubo de basura-hogar y empieza a alejarse dentro del vagón. Su cara ha cambiado. En ese momento, el niño-gordo tiene la necesidad de poner la guinda final, su “triunfo”.
Córtate ese pelo de mierda. Eres una desgracia humana, por lo menos disimula. Das asco.
El mendigo suelta el cubo de basura y se gira.
Empieza a gritar a plena voz, se entienden pocas cosas, a parte de un ¿para qué, para parecer un cerdo seboso con la cabeza rapada como tú? Y luego sigue con frases que incluyen un carcel, un imbéciles, bien, una buena sarta de insultos y mierda en general.
Y aquí es cuando los chavales se crecen de verdad. Uno sigue gritándole al mendigo que se mache, pero ahora es el mendigo gritando al niño-gordo. Así que un tercer tipo empieza a gritarle al mendigo, todavía más fuerte, un
Venga, partele la cara si tienes huevos, partele la cara, venga, partele la cara!!!
Cuatro chavales jóvenes contra un mendigo desnutrido y hecho mierda. El mendigo se calla, se calma de repente. De sus pantalones rotos, caídos y asquerosos, de un bolsillo lateral, saca un destornillador de medio metro. Tranquilamente, empieza a hablar
No, no le voy a pegar. Le voy a atravesar con el destornillador. Venga, niños valientes, ¿Quién será el primero? ¿No queríais fiesta? Empecémosla. Venga, cuatro contra uno, venga. A mi me vais a reventar, pero de cuatro, me cargo mínimo a dos. Yo no tengo nada que perder. Venga valientes, venga.
Con tu libro en la mano, deseas de corazón tan solo un instante que alguno de los chavales la cague, que realmente pase algo. Llevan 30 minutos pidiéndolo a gritos, una buena dosis de realidad, de bajada de humos a puñaladas, de humildad.
Obviamente, todos los amigos de los cuatro valientes se levantan y se van al fondo del vagón.
Venga, héroe gordo. Dejemos de hablar. Venga, acércate.
El niño-gordo no puede dejar de mirar fijamente el destornillador de medio metro, mientras su piel se torna más blanca que la nieve que cubre la ciudad. Todos empalidecen.
Eso pensaba, eso pensaba. Luego soy yo el pedazo de mierda.
Llegamos a la siguiente estación. El sin techo, calmadamente, se guarda su destornillador, coge su cubo-hogar y se apea. Mientras las puertas se cierran, desde dentro, el niño-gordo se acerca y le grita un
¡Tu madre es una puta!
Y solo puedes pensar un No chaval, ya no, ni lo intentes, ya no…
Inevitablemente, te pasas el resto del trayecto perdido en tus historias. Como siempre, la cabeza llena de mil pensamientos, y una vaga sensación de tristeza. Que imbeciles somos todos.

