Friday Morning
Viernes por la mañana. No sabes ni por qué, pero te levantas a las 6 sin despertador. Cinco horas de sueño. Sin mucho margen de duda, decides volver a ponerte a dormir, así, como quien no quiere la cosa. Te vuelves a levantar, solito, a las 10. Raro, como poco. Que coño, por una vez, vamos a aprovechar el día, ¿no?
Café; empiezas a llamar a gente para echar el café mañanero. En vez de eso, te proponen que te acicales en 10 minutos y bajar a Downtown para ver la exposición de Bodies. Si, la misma que rondó por Barcelona, la de los cuerpos disecados, abiertos en canal, y demás. Esa tan polémica. Bueno, en realidad tiene su gracia, más que nada que, que coño, con el carné de la universidad es gratis. Y a todo lo que sea gratis, difícilmente se le debe hacer un feo ¿no?
45 minutos después (como mínimo) llegáis a la punta sur de Manhattan, y buscáis y encontráis la exposición.
- ehh… hola señora, queríamos 3 entradas para Bodies.
- Serán 60 pavos
- ya bueno, es que tenemos el carné de la universidad
- no, no hacemos descuento para estudiantes…
- ehh… vaya, es que hay los flyers esos, y los carteles, en la uni… Dice que es gratis y tal
- Bueno, el jueves hacemos un dos por uno, por la mañana.
- ya, vale, pero que gratis no, ¿no?
- La verdad que no
- hummm… Vale, gracias.
Gracias y a cuidarse.
Tirados, por decirlo de algún modo, en la punta de Manhattan. Al salir del metro, ya te habías fijado. Habías estado por esta zona un día, buscando unos edificios del gobierno de Nueva York. Pero no te habías fijado en eso. Así que hoy, a falta de mejor plan, decides visitar las Torres Gemelas, que están al lado. Curiosamente, casi 4 meses en Nueva York y todavía no te has pasado por allí… Estaría bien a estas alturas, digo yo.
Os acercáis a la zona, y las ves alzarse. Dos edificios perfectos, dos colosos de metal y cristal, como seres de otro mundo, silenciosos y imponentes, irguiéndose hacia los cielos. Dos enormes torres de Babel acercándose al reino de los cielos, desafiando toda lógica con su majestuosidad, con todo su esplendor. El símbolo del progreso, del futuro, de la prosperidad occidental. Las dos torres alzándose como…
Ja, ja ja, ja, ja…
Total, la Zona Cero. Ves, más o menos, lo que esperabas ver. Absolutamente nada. Lo mismo que ves cada puto verano en Barcelona, un solar en obras, una calle en obras, gente en las obras. Una vez más, pequeños matices culturales, los obreros aquí no gritan a las mujeres cuan jamonas están, y demás. Pequeñas cosas que pueden pasarse por alto. La gente rodea la manzana, mirando al vacío, mirando al cielo o a las vallas que cubren el interior. De hecho, te acercas y miras entre las vallas: montones de material de construcción, gente vestida para la obra, cimientos, agujeros, hierros, roca… La Zona Cero. Supones que tiene más de lugar de reunión, de recogimiento, un lugar de encuentro simbólico, tanto por el local por todas las sobadísimas connotaciones, como para el turista, por eso de decir “mira mamá…”.
¿Lo más interesante? Pasar luego por el memorial del 9/11. A tus ojos, una tienda de souvenirs con un par de maquetas, fotos y parafernalia en general para justificar. En cierto momento, miras a una de las amigas con las que has ido; hace mala cara.
- ¿que pasa? ¿Estas bien?
- Este lugar me da nauseas…
Americana, piensas. Bueno, para ellos tiene mucho de emocional, o algo… ¿quien les entiende?!
- me destroza darme cuenta de lo jodidos que estamos… Como llegamos a comercializar incluso esto, como sacarle algo incluso del desastre en si mismo…
Después… tú llevas todo el día pensando en ese comentario. Igual existe también una visión crítica desde dentro, sin que pierdan parte del sentimiento propio. Nunca has llegado a comprender el patriotismo en si mismo como sentido último, pero este quizás parece un –suficientemente- buen ejemplo en ese sentido. El asco hacía uno mismo por el desprecio o la falta de sentimiento hacia uno mismo. Podrido y bonito al mismo tiempo.
Sacar lo Máximo de lo Mínimo
Maravilloso insomnio del que salen maravillosas maravillas. Siempre.
Terminaste los exámenes, por llamarlos de algún modo, y más trabajos empezaron a aparecer, uno tras otro, uno tras otro. Take-home midterms, les llaman. Vamos, le llaman examen pero te lo llevas a casa, y te dan dos semanas, o una, o tres (o las que sean, ya nos entendimos, ¿verdad?) para completarlo, y luego los entregas. En Barcelona, si llegase un profesor y le llama examen a eso, nos reiríamos durante semanas. Pero bueno, al fin y al cabo, es más tute que uno se hecha a la espalda.
Así que, a partir de ese punto, decides relativizar. Relativizar todavía más, siendo realistas.
Decides celebrar el fin de exámenes coincidiendo con Halloween. Dices, es Halloween, no será para tanto, ¿No? Sabiendo que, con lo colgados que están esta gente, tiene que ser, como poco, una burrada. Y si, lo es. No hay comparación con ninguno de nuestros carnavales, y seguramente, como evento, lo más parecido sería el más desquiciado de nuestros “Fin de Año”. Zillones de personas en la calle, con las carrozas, todos disfrazados. Todos. ¡Todos! Así que subes al metro al lado de drácula, de una cheerleader, de un psicopata, de un cubo de rubic, sales a la calle y le pides la hora a Bill Gates, y así hasta la puta saciedad. En todas partes.
En realidad, dejando de lado que se dejan todo su dinero en disfraces, tiene algo de bonito, culturalmente hablando. También te demuestran una vez más que cualquier excusa es buena para gastar; cualquiera. Y gastan mucho. Pero a parte de eso realmente hay disfraces muy elaborados (Impresionantes unos zombies Victorianos, de verdad, olé). Tú vas disfrazado de “Barcelonés poco guay”, pero parece que no lo entienden. Te reconfortas al pasar el principio de la noche con otros con disfraces similares.
Luego, cambias de grupo y de plan. Terminas, no sabes muy bien como, en un bar gay del Lower East, rechazando amablemente ofertas de sodomización y demás. Y te ríes un rato porque, uno de los amigos que ha caído en la emboscada contigo, va disfrazado de plátano. Creedme, es muy curioso ver, en la noche más loca de Nueva York (o algo), a un amigo heterosexual disfrazado de plátano en un bar gay.
Bueno, la noche siguió. Terminamos en nuestra ya establecida Meca, en nuestro bar de Brooklyn; los clásicos, los básicos. Union Pool, le llaman. Alguna cerveza para terminar la noche, unas cuantas risas y disfrutar de una sociedad entera disfrazada por un día.
Al día siguiente, oficialmente, retomas las riendas de tu vida. Pero al darte cuenta de que tocará trabajar, y trabajar, y trabajar… decides darle también un valor importante al ocio, por contrapeso, para balancear una realidad que no quieres que termine enranciándose.
Haces un pensamiento contigo mismo. No sabes si antes o después, pero lo haces. Terminar corriendo en pelotas al lado de otro enfermo blanquito (también en pelotas), por el barrio negro mas jod
idamente jodido de Brooklyn, a las siete de la mañana no parece el mejor plan ¿Verdad? Porque eso no va a suceder ¿Verdad? Dejar de hacer las cosas que te gustan, las cosas que te llenan, o simplemente las cosas que le dan sentido a tu vida por el trabajo tampoco parece la mejor opción ¿No? Encontrar un equilibrio. Ni encerrarte, ni volverte loco por las calles. No hace falta llegar a extremos.
Así que vale, trabajemos, estudiemos, rindamos al máximo y seamos los mejores. Matémonos a pajas y sodomizémonos mentalmente. Lo que vosotros queráis. Pero a veces también es importante intentar sacar lo máximo de lo mínimo. Saber trabajar es tan importante como saber no hacerlo. Una sabia persona pasó años intentando enseñarme esa lección. Creo que empiezo a aprendérmela. Por lo menos, lo intentaré.